“He visto la humillación de mi pueblo (…) El clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí”
Ex. 3, 7 y 9.
La sangre
La sangre corrió
La sangre bramó
La sangre… mi sangre
Lenta se elevó, humillada
Pero dime ¿cómo llegó hasta ti?
Y ¿cómo bajaron hasta mí tus lágrimas?
¡Hoguera te hiciste!
Entonces leyendo, en seco me paraste,
Gritaste estridente
“aquel Moisés sigue vivo”…
Eres tú.
Y el israelita volvió a preguntar
Yo no pude más que llorar
¿Y el clamor?, ¿y el Señor?
¿Y el clamor?, ¿y el Señor?
¿Y el clamor?, ¿y el Señor?
¿Y tú?
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